FARO DE VIGO, 22/01/2012

José Manuel Otero Novas

 

Alrededor de 1970 un grupo de amigos estábamos organizando en Lugo un ciclo de conferencias sobre derechos humanos. Entre los ponentes los había de fuera del Régimen y también Fraga, pero el Gobierno de entonces sólo quiso prohibirnos la intervención de este último. Nos cuadramos y sacamos adelante el proyecto. Con ese motivo conocí yo a Fraga. Y cuando muerto Franco él asumió la Vicepresidencia del Gobierno para asuntos del Interior, me telefoneó y despertó, casi de madrugada, para preguntarme si seguía pensando que deberíamos construir una democracia "centrada". Como le respondí que sí, pocos días después, un 20 de diciembre, yo era director general de Política Interior.

 

El día 26 a primera hora me enseñó y entregó su texto manuscrito de Reforma Política. Aún lo conservo. Lo había escrito el día de Navidad en la mesa de comedor del piso de Madrid en que vivía entonces, en las viejas casas de catedráticos conocidas como "cerebrolandia" –me acordé de aquella vivienda y de su tradicional austeridad, cuando el pasado lunes asistí a la misa que el Cardenal Rouco ofició, con Don Manuel de cuerpo presente, en el muy sobrio piso en que murió, próximo al primero–. Al explicarme su proyecto notó mi cara de contrariedad, y me explicó que, siendo una reforma simple, sería efectiva para establecer la democracia. Esencialmente consistía en dividir en dos las Cortes, creando una "Cámara Baja" a la que irían los llamados entonces procuradores familiares, los que eran elegidos por sufragio universal directo y secreto, y encuadrando todos los restantes diputados o procuradores, de carácter orgánico, natos o de representación indirecta, en una "Cámara Alta". Me dijo que, al igual que en el Reino Unido, la legitimación democrática de la Cámara Baja se impondría y la Alta pasaría a tener un papel secundario, y que esa Reforma era posible acometerla inmediatamente.

 

Su Reforma era gradualista. Cuando la noche del 30 de abril 1976 cenamos en casa de Miguel Boyer con Felipe González y Luis Gómez Llorente, tomando el whisky previo, de pie, Fraga le ofertó a Felipe lo que en tiempos fue el Pacto del Pardo de Cánovas: déjeme usted gobernar a mi ahora cinco años y yo le cederé a usted el poder los siguientes cinco. No sé si González se dio cuenta del sentido canovista de la fórmula, pero no contestó. Aunque gradualista en su desarrollo, llegó a convencerme, y cuando el Gobierno cambió yo ya tenía redactado y despachado con Fraga un borrador de Referéndum que sobre ese proyecto habría de celebrarse en diciembre de 1976, que incluía un sistema de participación del Partido Comunista que, naturalmente, había merecido su conformidad. Y si bien es cierto que en julio de 1976, con nuevo Gobierno, yo aconsejé a Suárez arrumbar el anterior proyecto porque las nuevas circunstancias nos exigían una vía de reforma más directa, pasados los años he llegado a pensar que la vía fraguista podría habernos llevado al mismo nivel democrático, pero sin algunos de los graves inconvenientes que sufrimos con la más rápida posterior.

 

Hombre impetuoso e incomprendido

Era un hombre impetuoso, y muchas gentes de mente simplista no pudieron comprenderle. Aunque él me lo negó, yo personalmente le escuché las palabras "la calle es mía". Pero repetir esa expresión era mutilar y tergiversar lo que él pensaba. Teníamos entonces reciente la Revolución de los Claveles de Portugal que, en verdad, había dado paso a una dictadura de tipo comunista. Una revolución, que como muchas en el mundo, se había gestado mediante movimientos de masas en las calles y desórdenes que el Gobierno era incapaz de encauzar. Y Fraga, a la muerte de Franco, quería una Reforma democrática (así se llamaba su grupo político al que yo no pertenecí), pero legal y desde las instituciones. No quería permitir que se hiciera por algaradas en las calles; y como era el ministro de la Gobernación, responsable del orden público, dijo aquello de la calle es mía, no es el lugar donde los políticos conseguirán los cambios. Se mantuvo firme ante los movimientos callejeros de los primeros cuatro meses de 1976. Entre ellos los de Vitoria, ciudad que estuvo cercada por los revolucionarios. Yo estuve allí con Fraga. Solo pudimos entrar y salir en helicóptero; intentamos evitar que hubiera más muertos, y lo conseguimos. La clave fue saltar el cerco y llevar a enterrar a su Extremadura natal los restos del último fallecido en la revuelta. Y no se le quiso reconocer, pero ello fue lo que posibilitó la Transición pacífica. Siempre creí que una "ruptura" conseguida en las calles entonces habría dado a una toma militar del poder que, imposible de mantenerse largo tiempo sin Franco, degeneraría en la revolución y enfrentamientos postfranquistas que se temían por muchos, en España y fuera.

 

Se ha repetido hasta la saciedad que en la cena con Felipe antes citada, Fraga amenazó a Gómez Llorente con romperle la pipa. La realidad es que, cuando íbamos a entrar, yo recomendé al ministro que pidiera a Felipe que eliminaran de un folleto sobre el XXX Congreso de UGT que acababa de celebrarse una frase de Nicolás Redondo reivindicando con orgullo el golpe de Estado de 1934. Fraga dijo que no era buen modo de comenzar una democracia el celebrar un golpe de Estado sangriento contra la República. Felipe contestó que no podía atender esa petición; Gómez Llorente apoyó y argumentó la negativa de Felipe, y entonces Fraga le dijo que esa frase en el libro, y en aquel momento, era como si en la amable cena de aquella noche él le dijera a Gómez Llorente que le iba a romper la pipa que estaba fumando.

 

Encomiable lealtad

Obligado por tiempo y espacio, debo prescindir de muchas vivencias que se agolpan en mi mente. Sólo voy a comunicar una muestra de su encomiable lealtad. En las Navidades del 75, Fraga y yo almorzamos con mandos cualificados de las Fuerzas Armadas y de Orden Público, alguno de los cuales se ganó más tarde fama de demócrata y socialista "de toda la vida". Contó el ministro que queríamos normalizar las banderas regionales como primer paso para un sistema políticamente descentralizado; que la legalidad de entonces exigía que se autorizara su exhibición y yo iba otorgando esas licencias, discretamente, conforme se me iban solicitando. Aquellos militares se opusieron seriamente a la legalización de la bandera vasca. En aquellos tiempos se colocaban en Euskadi ikurriñas en lugares provocativos, siendo retiradas por guardias civiles que morían al cogerlas, porque iban conectadas a artefactos explosivos. Y Fraga hizo un aparte conmigo para decirme que no me desanimase; que conseguiríamos nuestros objetivos, pero que había que contar con aquella realidad, y concretamente en cuanto a la ikurriña, que debíamos esperar un poco hasta un momento adecuado.

 

Pero una mañana me pasaron a la firma la autorización de uso de la bandera local en un partido de fútbol del Real Unión. Con mis escasos conocimientos de fútbol, lo de "Real Unión" me sonaba a algo murciano. Firmé la autorización que, realmente y sin yo ser consciente de ello, amparaba el uso legal y público de la ikurriña. El texto llegó a San Sebastián y se le entregó al jefe de la Comandancia de la Guardia Civil cuando estaba en las honras fúnebres de un guardia víctima de una de aquellas bombas unida a la bandera que retiraba. El gobernador civil de San Sebastián, Emilio Rodríguez Román, luego víctima de un grave atentado de ETA del cual afortunadamente sobrevivió, me llamó para contarme los hechos y añadir que según sus noticias, el jefe de la Comandancia –que era el teniente coronel Tejero– había dicho algo así como que pegaría dos tiros al responsable de aquella autorización (cuando Tejero el 23–F nos secuestró en el Congreso, a mí no me causó ninguna molestia distinta de las que soportamos todos). Inmediatamente remití un télex anulando la autorización expedida por error.

 

La primera Transición que entonces pilotaba Fraga tenía la grave dificultad de un Gobierno que solo en parte la quería. Un error como el que yo cometí autorizando la ikurriña el día en que lo hice, con aquel delicado equilibrio, se saldaba normalmente teniendo que sufrir pasos atrás en el camino de democratización. Y por eso, aquella mañana, tras hablar con el gobernador de Guipúzcoa y poner el télex rectificador, bajé a ver a Fraga, le conté lo ocurrido, y le presenté mi dimisión como fórmula para que él pudiera cubrirse políticamente y evitar las tensiones reaccionarias en el Gobierno. Fraga me escuchó, y sin contestar a mi propuesta, pasó a otro tema con su típico estilo de trabajo, apresurado y cortante.

 

Subí a mi despacho y comencé a recibir un goteo de visitas de muchos de mis compañeros de Ministerio, comenzando por el subsecretario José Manuel Romay Beccaría, que venían a darme ánimos, enviados por el ministro. Fraga se fue a continuación a la reunión del Consejo de Ministros, y nunca me dijo una palabra de lo que ocurrió fuera del Ministerio con este asunto. Pero otro de los miembros del Gobierno me contó que, cuando se le atacó por el incidente, Fraga declaró que la autorización de la ikurriña aquel día, había sido una equivocación suya, sin mencionarme para nada.

 

Entrados los 90 y durante bastantes años conviví con Fraga en el Jurado de los Premios Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales que él presidía. Uno de los años le expuse mi teoría, creo que racional y bastante fundada, de por qué no llegó a ser presidente del Gobierno de España al morir Franco. Los recuerdos de Elduayen y Cánovas estaban entre las causas. Ahora no debo decir más sobre ello. Pero en 2010, en un almuerzo del Jurado, el último al que asistió, yo conté públicamente el asunto de la ikurriña, del que nunca más habíamos hablado, y él se limitó a elogiarme.

 

Aquel Jefe, de trato escasamente agradable con los suyos en el despacho, en cambio asumía personalmente los errores de sus subordinados, y se preocupaba de que no les faltara apoyo, ni el afecto que él sin duda sentía, pero que por su modo de ser le costaba transmitir. ¡Gran Lección de lealtad la que Fraga me dio sin discursos aquel día!

 

 

José Manuel Otero Novas (Vigo, 1940), exministro de Presidencia y Educación con Adolfo Suárez, fue director general de Política Interior por Manuel Fraga, entonces vicepresidente del Gobierno, al poco de la muerte de Franco. Gallego como el desaparecido fundador del PP, compartió a su lado unos años decisivos y conoció, desde dentro, al Fraga que mandaba. Hoy, en esta crónica, revela hechos y anéctodas de aquellos años cruciales para la democracia que esbozan el retrato de una personalidad política al que Otero Novas considera como "el primer piloto de la Transición".