¿Salimos del euro o nos quedamos?


 

Indalecio Díaz Martínez, 06/12/2012

 

«Quizás no os dais cuenta. Italia tiene pocos meses de vida. Si no intervenimos de inmediato, vamos a la quiebra. No lograremos pagar los salarios de los funcionarios públicos y en todo el país se paralizarán los autobuses y tranvías. Será una catástrofe». Con estas palabras se dirigió hace unos días Mario Monti, el recién nombrado primer ministro de Italia, a los italianos para hacerles ver la necesidad de tomar medidas urgentes para evitar la bancarrota.

Donde dice Italia puede decirse España e incluso Europa, si no se actúa con urgencia adoptando más medidas de control del gasto público, en el caso de España, o un plan global de salvación para el euro, en el caso de Europa. La Eurozona se halla en peligro de desaparecer y la UE sin futuro si no se apuntala el euro.

El euro se halla en peligro, como nunca ha estado. Y no basta con echarle la culpa a los mercados de capital, porque al fin y al cabo, en mayor o menor medida todos participamos. Cuando abrimos una cuenta bancaria estamos autorizando a que la entidad obtenga el mayor beneficio para ella y para nosotros, cuando creamos un fondo de pensiones le exigimos la mayor rentabilidad y finalmente la propia Seguridad Social, cuando tuvo superávit, invirtió parte de su capital a comprar en el mercado valores con calificación triple A. Se da la paradoja de que en las condiciones actuales de nuestra deuda, la Seguridad Social no podría comprar nuestra propia deuda debido a su calificación.

Los estados y los particulares no pueden mantener su estado de bienestar a costa de solicitar de manera continua créditos al mercado de capitales, porque éstos nos exigirán cada vez mayores intereses si la garantía de devolución está en peligro bien por la crisis de la economía o los altos índices de paro.

El futuro del euro puede que se decida en la reunión que celebrarán los primeros ministros de la UE esta semana para tratar sobre la modificación del tratado de Lisboa, a petición de la Canciller alemana Merkel y el presidente francés Sarkozy. En esa cumbre pueden sentarse las bases para la creación de un euro fortalecido, dos euros (uno fuerte y otro débil) o la desaparición total del euro.

De los 27 países de la UE, hasta el momento sólo 17 implantaron el euro como moneda común (Alemania, Austria, Bélgica, Chipre, Eslovaquia, Eslovenia, España, Estonia, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Irlanda, Italia, Luxemburgo, Malta y Portugal). No obstante es impensable que todos ellos vayan a continuar utilizándolo, porque no todos están en condiciones de mantener la necesaria disciplina presupuestaria y muchos, entre ellos España, tendrán que realizar severos sacrificios o verse obligados a abandonar el euro.

Dentro de los países de la eurozona sólo existen algunos países (Alemania, Austria, Holanda, Francia, Finlandia) que están en condiciones de mantener un euro con capacidad de hacer frente a los embates de otras monedas y que pueden dar garantías a los mercados de que no existe riesgo de impago, debido a tener una economía saneada. A estos países se pueden unir España, Italia, Bélgica y alguno más, siempre que sus gobernantes hagan la firme promesa y la cumplan, de que el déficit presupuestario no sobrepase el 3% anual y que harán los cambios estructurales que se les exijan.

Finalmente existen otros países como Grecia o Portugal para los que las probabilidades de continuar en el euro son un tanto dudosas. Confiemos en que el sentido común se imponga y todos acepten los sacrificios necesarios, para que los mercados del resto del mundo confíen en el euro o su futuro es incierto.

Todas las empresas importantes de Europa han elaborado estudios para saber cómo reaccionar en caso de la desaparición del euro. Esa probabilidad existe, aunque no sea de más del 10% y por ello no debe descartarse. Voy a desgranar las consecuencias inmediatas que se producirían para nosotros, si ese supuesto se diese:

Un fin de semana cualquiera, por sorpresa, se haría público la salida del euro y se darían las instrucciones a seguir. La moneda sustitutoria podría ser un nuevo euro devaluado o la peseta con el cambio que se estableciese.

Al no existir moneda sustitutoria acuñada, cuando el lunes procediésemos a retirar dinero del banco, sólo podríamos retirar un máximo establecido y se nos entregarían billetes de euro troquelados hasta que se nos entregase la nueva moneda. Esta moneda sufriría en el acto una devaluación que según los países podría alcanzar hasta el 50% y que en ningún caso sería inferior al 20%. Es decir, que el vendedor le reconocería como mínimo un 20% menos de valor que si pagábamos con los billetes de euro que todavía conservábamos en casa.

Sin embargo, los préstamos que tuviésemos concertados con los bancos mantendrían su valoración en euros fuertes o viejos y por tanto habrían sufrido un incremento del 20% al amortizarlos con la nueva moneda devaluada. Como puede fácilmente comprenderse, en ese momento toda la población se daría cuenta de que éramos un poco más pobres, cuando la verdad es que sólo evidenciaría lo que ya en este momento somos.

Las consecuencias que se derivarían de la salida del euro o no pertenecer al grupo de los países con un euro fuerte serían muy graves para España. Las previsiones de la UE son que si España se ve obligada a abandonar el euro su PIB del 2012 caería un 3%, la tasa de paro superaría el 25,5% y el IPC se dispararía hasta el 5%.

Voluntariamente nunca debemos abandonar la zona del euro y menos todavía el nuevo euro consolidado. Tenemos que oponernos con todas las fuerzas a que Alemania y Francia puedan intentar forzar a España a abandonar el grupo de cabeza en Europa. Si España se ve obligada a abandonar la Europa de la máxima velocidad, quedará a la cola al menos durante los próximos 30 años.