La economía sólo puede ir a peor

El Economista 27/08/2011

Amador G. Ayora

 

Desde que escribo de economía -y van más de 20 años- siempre he asistido a una pugna entre los keynesianos y los neoliberales. Los primeros son partidarios de dar más cancha al Estado frente al capital privado, y los segundos, de todo lo contrario. Creo que una de las consecuencias que traerá esta crisis será la muerte del keynesianismo.

En la medida que existan las agencias de calificación, los Estados jamás podrán utilizar ya su política fiscal para impulsar la economía en tiempos de crisis. Una práctica que permitió salir del atolladero a la mayoría de los países occidentales durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué lo que funcionó en los años 30 ha dejado de hacerlo en 2011? La clave, probablemente, esté en que en los albores del siglo XX, los Gobiernos impulsaron el gasto productivo en la construcción de carreteras y vías férreas, que apoyó ulteriormente el avance de la industrialización y el desarrollo. Sin embargo, en la actualidad, más que gastar se despilfarra. Véanse los planes E utilizados para renovar farolas y aceras municipales.

Acorde con los tiempos, la propuesta de Angela Merkel de que los 17 miembros del euro se obliguen a respetar en sus constituciones el equilibrio presupuestario limita enormemente el margen de éstos para actuar en las dificultades. Desde este punto de vista, es lógico que surjan voces críticas. Otro de los conceptos introducido por Keynes, el Estado de Bienestar, será víctima de la nueva política económica. La paradoja de esta moda por la austeridad es que, en un primer momento, reducirá los ingresos fiscales y elevará el desempleo y, por tanto, mermará la actividad en lugar de impulsarla.

En una crisis como la actual, provocada por el exceso de deuda, un período largo de crecimiento endeble es inevitable. Algunos economistas vaticinan una vuelta a la recesión que se vivió en 2008-2009. En el caso español, prácticamente puede decirse que seguimos en una depresión continuada.

El segundo gran conflicto es la falta de ajustes en profundidad. Italia anunció hace unas semanas un recorte de 40.000 millones, mediante la reducción de diversas partidas presupuestarias y la subida de impuestos, sobre todo a las clases más adineradas. Pero sigue sin abordar la apertura de su mercado laboral –más rígido en ocasiones que el español- y de su economía. El plan no contempla siquiera la privatización de emporios energéticos como Eni o Enel.

Algo similar ocurre en Francia, donde el gasto estatal es responsable del 20 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) y el Estado es aún mayoritario en los grandes grupos empresariales. El ajuste de Sarkozy se ha quedado en sólo 12.000 millones, menos del tercio del italiano.

Aunque la palma se la lleva España, cuyo paquete no contiene ninguna medida de calado laboral o presupuestaria. La explicación que cabe dar a semejante vaciedad de propuestas es el adelanto de las elecciones al 20 de noviembre. Todo esto me lleva a concluir que los recortes no han hecho más que comenzar y deben ser más intensos que los anunciados hasta ahora.

El último escollo es que los políticos europeos continúan a la greña. El paradigma es el nuevo rescate griego, cuya exigencia de garantías por parte de Finlandia ha vuelto a poner en duda su plan de salvamento. Una incertidumbre que se ve incrementada por la creciente oposición interna a la que se enfrenta Merkel para sacar adelante los acuerdos europeos. Esta semana han sido los presidentes del Bundesbank y de la República Federal alemana, Jens Weidmann y Christian Wulff quienes censuraron a la canciller por su autorización para que el BCE compre deuda de España e Italia. El 7 de septiembre, los tribunales podrían declarar inconstitucional el rescate griego y, a finales del mes que viene, el Parlamento federal debate su aprobación.

Europa camina sin rumbo, su moneda está amenazada de extinción y sus estados miembros adoptan medidas cosméticas y son incapaces de hablar con una sola voz. Hay quien vaticina otro crash bursátil peor que el de 1929 en los próximos meses. Espero que se equivoquen, pero en este contexto las cosas no pueden ir más que a peor.