La culpa de los salarios

 

El Mundo, 29/10/2011

José Luis Feito

 

La conjunción de desorbitados niveles de desempleo -4.978.300 millones de parados, según la EPA publicada ayer- y de deuda exterior constituye nuestro principal problema económico. El exagerado déficit exterior que se genera por unidad de crecimiento económico, origen de la excesiva dependencia que tiene nuestra economía del endeudamiento exterior, y el elevado desempleo que sufrimos tienen una raíz común: el deficiente funcionamiento del mercado de trabajo.

 

El aumento del déficit exterior por unidad de crecimiento económico obedece en buena medida a la pérdida de competitividad provocada por un crecimiento de nuestros costes laborales unitaarios más rápido que el de la mayoría de países de la Eurozona desde la adopción del euro en 1999. Consecuentemente, a finales del 2010 el nivel de los costes laborales por unidad de producto en España era un 10% superior al promedio de la zona euro y más de un 25% superior al de Alemania. Este comportamiento nocivo de nuestros costes laborales unitarios resulta de una diferencia entre el crecimiento de los salarios y el de la productividad, mayor en España que en cualquier otro país de la Eurozona a excepción de Grecia.

 

Es particularmente llamativa la diferencia entre el crecimiento salarial en España y en el resto de países de la moneda única. Así, entre los años 2000 y 2010 los salarios nominales en nuestro país han registrado un aumento cercano al 40%, aumento sólo superado por Grecia (58,4%) e Irlanda (49,7%), si bien en estos países la productividad creció más que en el nuestro (15,6% y 17,4% respectivamente, frente al 7,4% en España). En dicho periodo, el aumento salarial medio en la Eurozona fue del 25% y en Alemania del 11,5%, siendo los crecimientos respectivos de la productividad 5,1 y 5,4%. Nuestro marco laboral es responsable de inducir subidas de los salarios nominales mucho más alejadas del crecimiento de la productividad que las de casi cualquier otro país de la Eurozona, aumentando así nuestros costes laborales unitarios en relación con los suyos y deteriorando con ello nuestra competitividad.

 

Por otra parte, la destrucción de empleo y la subida del paro han sido mucho más intensas en España que en el resto de países, debido esencialmente al comportamiento de los salarios en nuestro país durante la crisis económica. Mientras que los salarios reales han caído o han subido muy poco en la mayoría de países de la OCDE desde 2007, en España han aumentado notablemente y con ello han multiplicado la pérdida de empleo que en cualquier caso hubiera provocado la crisis. A pesar del derrumbe del empleo y el colosal aumento del paro, los salarios nominales en España desde 2008 han crecido por encima de la inflación y muy por encima de la inflación subyacente, variable esta última que mide el crecimiento de los ingresos unitarios de la empresa española. La naturaleza de la negociación colectiva, la sistemática indiciación salarial a la inflación, los voluminosos costes de despido, la ausencia de flexibilidad para ajustar jornadas y plantillas, los elevados salarios mínimos y la estructura del subsidio de paro son los determinantes de que los salarios suban mucho cuando deberían bajar, o al menos no subir, para minimizar las pérdidas de empleo. Así pues, la operación con-junta de todos estos elementos, el marco laboral en suma, induce un comportamiento salarial que destruye empleo masivamente y es la causa de que tengamos mucho más paro que cualquier otro país y además un porcentaje mucho mayor de paro juvenil y de paro de larga duración.

 

Es imposible reducir significativamente el déficit exterior por unidad de crecimiento económico sin recortar el nivel de nuestros costes laborales unitarios, al menos hasta situarlos en el promedio de la Eurozona.

 

Cuanto menor sea el ritmo de variación de nuestros salarios nominales respecto al registrado en la zona euro mayores serán las ganancias de competitividad y menor será el déficit exterior por unidad de crecimiento económico. Es igualmente imposible aumentar el empleo por unidad de crecimiento económico o, lo que es lo mismo, bajar el umbral de crecimiento del PIB a partir del cual se crea empleo neto, sin reducir significativamente los salarios reales. Dicho con más precisión, cuanto mayor sea la diferencia entre el crecimiento de la inflación subyacente y el ritmo de variación de los salarios nominales mayor será la creación de empleo por unidad de crecimiento económico.

 

Esa bajada o cuando menos congelación de los salarios nominales que necesita nuestra economía para reducir el endeudamiento exterior y crear empleo no se puede conseguir mediante un pacto de rentas ya que la situación exige variaciones intensas de los salarios relativos. En cualquier caso, es difícil concebir siquiera la posibilidad de que los sindicatos acepten un pacto de verdadera moderación salarial que no incluya cláusulas para recuperar en su momento todo el poder adquisitivo perdido y que no excluya del mismo a unos u otros grupos de trabajadores, habitualmente aquellos que más necesitan una rebaja salarial para preservar o encontrar un puesto de trabajo, además de otros sinsentidos económicos que siempre terminan produciendo efectos opuestos a los deseados.

 

El Gobierno que salga de las urnas el próximo 20 de noviembre será tentado, desde fuera y desde dentro, con propuestas de este tipo, propuestas que vendrán revestidas de promesas de paz social y amenazas de que cualquier otro camino supondría un atentado contra los derechos de los trabajadores. Como ha ocurrido con otras propuestas similares del pasado que igualmente pretendían preservar el actual marco laboral, las consecuencias de un pacto de este tipo serían devastadoras para los trabajadores, especialmente para los más débiles que seguirían manteniendo intactos sus derechos a perpetuarse en el paro.

 

Lo que se necesita urgentemente es una reforma laboral profunda que reduzca los costes de despido y otras barreras a la contratación y que rompa la viscosidad de nuestra estructura salarial permitiendo que los salarios nominales se adapten a la oferta y demanda relativa de empleo en los distintos sectores, empresas, niveles de cualificación, áreas geográficas, etcétera. Una reforma, en fin, que induzca movimientos salariales mucho más sensibles al ciclo económico y a la realidad de cada empresa, maximizando tanto la absorción del paro como las ganancias de competitividad y contribuyendo así de manera decisiva a la superación de la grave crisis que padecemos.

 

José Luis Feito es presidente del Instituto de Estudios Económicos.