Italia está en la ruina, ¿cuándo se hundirá?


 

El Economista, 09/11/2011.

Matthew Lynn

 

Cuando un hombre ha so­brevivido a tantos escánda­los de corrupción, sexo y fi­nanzas como Silvio Berlusconi en sus más de dos décadas en la políti­ca italiana, sería un error suponer que un asunto tan nimio como la in­minente bancarrota de su país vaya a suponer nada más que un peque­ño escollo en su carrera. Aun así, el gran superviviente de la política eu­ropea (asumió la jefatura del Go­bierno en 1994) podría estar a punto de marcharse. Que sobreviva a un último voto de confianza está aún por ver. En realidad, ya no importa mucho quién esté a cargo de Italia. El país está en la ruina y los merca­dos se han dado cuenta. La única pregunta es cuándo se hundirá.

Lo único sorprendente de Italia es que le haya llevado tanto tiempo convertirse en el epicentro de la cri­sis de la eurozona. El rendimiento de los bonos del Estado transalpi­no se ha elevado drásticamente en el último mes (con una subida en los títulos a 10 años del 5,6 al 6,6 por ciento). La principal esperanza pa­ra los mercados parece ser que apa­rezca un Gobierno tecnocrático que impulse las duras reformas estruc­turales que el país necesita.

En los próximos días se hablará largo y tendido de que Roma se en­frenta a una crisis de liquidez, no de solvencia, y que sólo necesita un em­pujón para salir del bache. Además se oirá que Italia es demasiado gran­de como para quebrar, aunque tam­bién dijeron que el Titanic no po­dría hundirse y eso tampoco ayudó cuando colisionó con un iceberg.

Es cierto que la deuda del Go­bierno transalpino ha permanecido relativamente estable desde su in­corporación al euro, aunque a un ni­vel muy alto. Sus tenencias totales de deuda estatal pendiente alcan­zan el 129 por ciento del PTB, fren­te al 126 por ciento de 2000. El gas­to estatal ha sido bastante disciplinado desde que se unió a la moneda única. Este año, se prevé que el déficit presupuestario se sitúe a tan sólo el 3,6 por ciento del PIB, una cifra modesta según los estándares globales actuales. Los pronósticos apuntan a que se alcance el exce­dente en 2014, aunque la proximi­dad de una recesión y el coste en aumentó de sus deudas podrían desbaratar las previsiones.

También es cierto que Italia es un país relativamente rico compa­rado con Grecia y Portugal. Según Eurostat, su PIB per cápita se sitúa en el 104 por ciento de la media de toda la UE, mientras que el de Por­tugal apenas llega al 78 por ciento de la media y el de Grecia es del 94 por ciento. En casi todo el norte de Italia, la riqueza es equiparable a la de cualquier otro lugar de Euro­pa; las regiones noroeste y noreste presentan un 126 y 124 por ciento, respectivamente del PIB per cápi­ta medio de la UE, lo que las sitúa por encima de Francia o Alemania en su conjunto, y también de otros países considerados de éxito como Dinamarca. Pero Irlanda también es un país rico y eso no impidió que tuviera que ser rescatado por el

FMI. Los ricos también se arrui­nan (y si no, pregunten a la familia Madoff).

El problema es que Roma se en­frenta a tres grandes escollos. En primer lugar, aunque la deuda es­tatal pueda parecer bastante esta­ble durante la última década, des­de luego a niveles bastante altos, casi todos los demás tipos de deu­da han estallado. La deuda corpo­rativa ha pasado del 96 al 128 por ciento del PIB entre 2000 y 2010, según los datos publicados por el Banco de Pagos Internacionales. La deuda privada ha subido del 30 al 53 por ciento del PIB en el mismo periodo. La deuda global ascendió del 252 del PIB al 310 por ciento desde que el país transalpino se unió al euro. Es un error centrarse sólo en la deuda estatal porque lo que cuenta realmente es el dinero que debe el país en su conjunto.

En segundo lugar, Italia ha deja­do de crecer. El país ha atravesado cuatro recesiones desde su incorpo­ración al euro en 1999. El crecimiento medio ha sido de apenas el 0,6 por ciento entre 2000 y 2010. El PIB per cápita creció un 0,1 por ciento du­rante toda la primera década de la moneda única, una cifra estadística­mente insignificante. Y recordemos que la economía global estaba en ple­no auge en los ocho primeros de esa década. Casi cualquier otro lugar del mundo se enriquecía mientras Ita­lia seguía igual. Y la década siguien­te será mucho más dura. Dado lo mal que le fue a Italia en las épocas bue­nas, no hay duda de que sufrirá en las malas. Lo más probable es que el PIB se contraiga durante los próxi­mos 10 años, y eso complicará nota­blemente sus posibilidades de de­volver el grueso de la deuda.

Por último, la demografía italia­na es la peor del mundo. La ONU prevé que la población se reduzca a 41 millones en 2050 de los 51 mi­llones actuales. Peor aún, la dieta mediterránea (mucho vino tinto y aceite de oliva) está elevando rápi­damente la esperanza de vida. Las mujeres italianas presentan la ma­yor de Europa, con 83,2 años (qui­zás porque tienen muy pocos hijos) y los hombres no se quedan muy atrás. A medida que pasan los años, habrá cada vez más viejos y no de­masiados jóvenes, y eso complica las finanzas de cualquier Gobierno, pero en un país que ya cuenta con una crisis de la deuda y un sistema generoso de pensiones y bienestar es catastrófico.

No hay ninguna forma de que el país siga siendo solvente. Ya paga casi tres veces más por el dinero a 10 años que Alemania. Y el tipo de interés de la deuda estatal ha fijado la referencia de los préstamos para el resto de la economía. Si las em­presas italianas pagan el triple por la financiación que sus vecinos, ¿có­mo podrán seguir activas?

Puede que Italia se arruine este año, el siguiente o el que viene. El momento no importa demasiado al fin y al cabo. No es que se enfrente a una crisis de liquidez y el resto de la eurozona sea incapaz o no esté dispuesta a juntar el dinero sufi­ciente para asistirla. Es insolvente, y con 1,9 billones de euros de deu­da pendiente va a suponer un cata­clismo para la economía mundial.

Matthew Lynn 

Director ejecutivo de Strategy Economics.