Dos velocidades, dos Europas


 

El País, 11/11/2011.

José Ignacio Torreblanca


El presidente de la Comisión Europea. José Manuel Barroso, expresó su preocupación por esta doble división en su conferencia de Berlín, el pasado miércoles. Se­ñaló que "defenderemos la inte­gridad del mercado único y la in­tegridad de la moneda única".

 

Lo que parece cada vez más evidente es que el único objetivo de Francia en medio de la tempes­tad es ser un aliado fiable de Ale­mania. En Paris vislumbran una federación formada por los países de la zona euro y una unión confederal para el resto de miembros de la UE. El martes, Nicolás Sarko­zy dijo en Estrasburgo: "Nadie piensa que el federalismo, la inte­gración total, es posible con 33, 34 o 35 países", enfatizó. "No ha­brá moneda única sin una mayor integración fiscal y hacia eso es hacia lo que vamos. Claramente, habrá dos velocidades europeas; una velocidad hacia una mayor integración de la zona euro, y una velocidad más confederal en la UE", concluyó.

 

Además, volvió a calificar co­mo un error la entrada de Grecia en el euro, en 2001, y reiteró que su idea es mantener a Francia en el "pelotón de cabeza" de las gran­des economías del planeta. Entre loas al modelo de rigor y austeri­dad con crecimiento. Sarkozy de­fendió la "convergencia" de Fran­cia con Alemania.

El semanario LeCanard Enchaîné ha revelado lo que Sarkozy les contó a sus ministros tras la cumbre del G-20 de Cannes: "Papandreu es un gilipollas, un verda­dero capullo. Nos ha reventado el G-20. En Bruselas nos dice que acepta el plan de salvamento y luego anuncia un referéndum sin avisarnos, fue una puñalada por la espalda. Un escándalo absolu­to. Y encima luego hay que darle las gracias".

Al calor de la implosión política de Grecia y la desestabilización de Italia se han hecho más pro­bables dos fenómenos que hasta ahora sólo existían como posibi­lidades teóricas: una, que un país abandone o sea forzado a abandonar el euro: dos, que un grupo de países decida avanzar en la integración dejando a los demás atrás. Así pues, lo que an­tes era posible, pero sumamente improbable, ahora comienza a ser probable, eso sí, con unas consecuencias casi imposibles de imaginar: estamos hablando de la combinación de un efecto centrífugo, que amenaza con desgajar la Unión Europea por fuera, con un efecto centrípeto, que amenaza con romper la Unión Europea por dentro. 

 

Dejando a un lado el primer problema, hay que decir que la posibilidad de ir a una integra­ción a varios ritmos no es nue­va: de hecho, con 17 miembros en el curo y diez fuera, ya tene­mos una Europa a varias veloci­dades, máxime si consideramos que hay miembros (entre los que sobresalen los británicos, los suecos y los daneses) que no sólo no participan en el curo si­no que tampoco participan en algunas políticas, como la defen­sa, la inmigración o la política social. Por tanto, el problema no es que dentro del mismo edifi­cio, con las mismas normas y bajo el mismo Tratado, coexis­tan varias velocidades, que los más rezagados puedan ir sumándose al grupo de cabeza o que algunos Estados soliciten, por razones internas, no partici­par en algunas políticas. Todo eso ya lo tenemos. Como tam­bién tenemos en los Tratados eu­ropeos unos procedimientos que regulan las llamadas coope­raciones reforzadas,que permi­ten a un grupo de Estados pione­ros avanzar más rápidamente que otros garantizando que el proceso reforzará el proyecto europeo, no que lo debilitará. De hecho, en el pasado, la posibi­lidad de quedarse descolgado del pelotón de cabeza tuvo un efecto dinamizador, ya que sir­vió para estimular a muchos paí­ses, entre ellos el nuestro, a ha­cer las reformas necesarias pa­ra sumarse al euro. E incluso cuando la integración procedió por fuera de los Tratados (como en el caso del acuerdo de Schengen, que daría lugar a la supre­sión de los controles fronteri­zos), los países pioneros logra­ron que sus éxitos fueran final­mente reabsorbidos en los Tra­tados, extendidos a todos los miembros y puestos bajo ges­tión y supervisión de las institu­ciones europeas (Comisión, Con­sejo, Parlamento y Tribunal).

 

Pero ahora los escenarios no son tan benignos. Más bien de lo que hablamos es del temor a que en lugar de una Europa a dos velocidades, vayamos hacia dos Europas, es decir, hacia un núcleo duro que se aísle delibe­radamente del resto y erija ba­rreras de difícil o imposible sal­vación frente a otros que son considerados países de segunda clase no aptos para estar en el núcleo duro. Sí la crisis desenca­dena el rescate de Italia, los seis países de la eurozona cuya deu­da sigue calificada como triple A (Alemania, Francia, Países Ba­jos, Austria, Finlandia y Luxemburgo) pueden tener la tenta­ción de marcharse hacia dentro y constituir una Unión de auste­ridad a la que solo pudieran ac­ceder los que tuvieran la máxi­ma calificación crediticia. No se trataría pues de utilizar la crisis para, por fin, avanzar hacia una unión política en la que cupiéra­mos todos, sino de forzar, a costa de la crisis, que estos países pudieran deshacerse de lo que consideran tres lastres que fre­nan su avance y progreso: Reino Unido, con su constante obstruc­cionismo político: los deudores del sur de Europa, que se consi­dera que tardarán una década en volver a estar en pie: y los países de la ampliación al Este, culpabilizados de la debilitación del proyecto político europeo.

Huelga decir que las conse­cuencias de esta ruptura serían demoledoras, y no solo en el ám­bito económico, donde los mer­cados penalizarían aún más a los países de la periferia que quedaran excluidos, empujándolos a la recesión y retrasando su recuperación económica. En el plano político, una ruptura de este calado haría aflorar todas las tensiones subyacentes hoy entre Norte y Sur, Este y Oeste, daría alas al populismo antieu­ropeo en muchos países y ali­mentaría los sentimientos con­tra Francia y, especialmente, contra Alemania. Vistas las con­secuencias, y los precedentes, es muy posible que estemos an­te un farol con el que Alemania y Francia pretenden asustar a todo el mundo, especialmente en el sur de Europa, con el obje­tivo de que entiendan la grave­dad de la crisis y cumplan sus promesas de ajuste. No obstan­te, aunque sea farol, es mejor tomárnoslo como lo que es, una amenaza real y creíble. La alter­nativa es que se trate de una promesa, lo que sería mucho peor.