Los tejeros

     Se conocía con el nombre de tejeros, en gallego "telleireiros" y "cabaqueiros" en la jerga de la profesión, a aquellos hombres y niños que se dedicaban durante 5 o 6 meses del verano a elaborar tejas y ladrillos de manera artesanal por todo el territorio español.

     Los "telleireiros" eran contratados especialmente los días de la feria del ganado,  que se celebraban en el cruce de San Antonio o "Campo da Feira" los días 2 y 18 de cada mes. En el caso de los niños el contrato se realizaba con los padres de la misma manera que utilizaban los feriantes para comprar el ganado, como si de esclavos negros se tratase.

     En general el método de puja y contratación no variaba mucho del utilizado por los feriantes para las reses, a no ser porque la aceptación del contrato se cerraba, además de con el tradicional apretón de manos, con unos buenos vasos de vino tinto en las tiendas del "Tío Marcelino", de "Caín" o del "Gayado".

     El último día de contratación de los "telleireiros" era el 18 de abril, fecha en la que celebraban una merienda, "botafora", pagada por el "buxa", donde no solían faltar los percebes regados con un buen vino del Rosal.

     Pocas son las familias del Rosal en las que no haya habido un "cabaqueiro". A título de ejemplo puedo decir que el padre del redactor teniendo catorce años trabajó en Vitigudino (Salamanca), el abuelo materno con pocos años más trabajó en Toledo y el propio redactor a esa edad estuvo a punto de seguir el mismo camino de no habérselo impedido.

     Estos gallegos "rosaleiros", emigrantes teporeros por necesidad económica, al permanecer hasta seis meses lejos de sus hogares, donde las costumbres y el castellano para muchos de ellos era un idioma extraño, llegaron a crear una jerga formada por poco más de medio centenar de palabras con las que se comunicaban entre sí, para evitar su comprensión por los lugareños.

     Una muestra de esa jerga son palabras como por ejemplo "lasqueo", "boreta" y "murcir" para significar trabajo, agua y comer respectivamente. A dicho lenguaje no del todo extinguido y del que se conservan algunas palabras en el lenguaje ordinario, le bautizaron con el nombre de "latín dos daordes", es decir idioma propio.

     Aquellos "telleireiros", brigadas formadas por grupos de 5 a 15 hombres y niños de edades comprendidas entre 10 y más de 60 años, a menudo debían recorrer a pie centenares de kilómetros antes de alcanzar el punto de destino. Iban acompañados de caballerías que transportaban los enseres y la comida del viaje y a ratos a los mayores, ya que a los niños rara vez les estaba permitido hacerlo.

     En la "telleira se trabajaba de sol a sol a cambio de una raquítica soldada que se cobraba al regresar a casa. Una "telleira" era un taller, no una fábrica, donde se hacían ladrillos y tejas totalmente a mano, utilizando para ello moldes de madera o formales para darle forma al barro.
     El trabajo del "telleireiro" o "cabaqueiro" (hacedor de tellas = tejas, hacedor de cabacas = tejas) se ejercía por especialidades.
  • El jefe de la cuadrilla, llamado "O buxa" era el encargado de contratar el personal y acordar las condiciones económicas con el propietario de "a telleira", que a menudo no era del Rosal.
  • El oficial o cortador con frecuencia coincidía con la persona del "buxa" y era el encargado de darle forma al barro para obtener una teja en el "banco" de cortar. Podía elaborar alrededor de unas 3.000 tejas diarias.
  • El tendedor, persona normalmente muy joven, era el encargado de recoger las tejas en el banco del cortador y una a una llevarlas en el "formal" hasta el punto adecuado de la era para extenderlas al sol para su secado. Este trabajo exigía ser joven, puesto que el tendedor tenía que recorrer unas 3.000 veces al día la distancia del banco al punto exacto de la era donde debía colocar la teja agachándose para ello.
  • El carretillero.
  • El pilero encargado de amasar el barro.
  • El cocinero, a menudo menor de 16 años, era el encargado de hacer la comida y lavar la ropa de todos.
  • Los demás realizaban trabajos tales como cavar el barro, transportarlo, amasarlo utilizando las caballerías, recoger de la era las tejas y ladrillos una vez secos y depositarlos en una excavación que servía de horno, cubrir el horno cuando estaba completo, colocar la leña, las tejas y ladrillos, calentar el horno hasta la temperatura adecuada, desencañar o desmontar el horno cuando todavía las tejas estaban a medio enfriar, etc.

     Hasta mediados del siglo pasado, en cuyo momento empezaron a construirse fábricas donde los procesos estaban mecanizados y los hornos eran continuos, no fueron desapareciendo los tradicionales tejares.

     En ese momento el trabajo se hizo más liviano, pero poco a poco estos hombres fueron dejando esta profesión. En unos casos el motivo estuvo, en que para trabajar en una industria cerámica ya no era necesario el arte del tradicional telleireiro y en otros el propio profesional encontró mejor trabajo y remuneración emigrando a Europa.